Bicicleta en la urbe

Por Alexis Bautista

Algún día, teniendo oportunidad de charlar con una persona acerca de la caótica movilidad que hay en la Ciudad de México, ella sugería que transportarse en bicicleta para ir a trabajar o a la escuela es algo vergonzoso. Esta sugerencia la entendí a partir de comentarios que hizo tales como: «a mí no me importaría mucho viajar en bicicleta al trabajo, pero me daba menos pena cuando la usaba mientras fui estudiante, porque la gente no ve bien si andas en bicicleta al trabajo». De entrada, haber dicho que no le importaría “mucho” lo que le digan, pero haber sentido menos pena de viajar en bicicleta mientras estudiaba es evidentemente una contradicción. O sea que muy probablemente esta persona se ha topado con gente que por equis razón (probablemente por pensar que quien viaja en bicicleta al trabajo no tiene recursos para comprar un auto) ve mal usar este medio de transporte más bien que el automóvil; y, además, de hecho, le importa esa percepción. Uno puede conceder que cuando se anda en bicicleta uno termina sudado por la actividad física y que esto no es nada agradable para realizar actividades laborales o aun escolares; no lo es para quien se transporta ni lo es para la persona con quien se comparte espacio cerrado (creo que a nadie le gusta compartir espacios cerrados con alguien que efectivamente está sudado y huele mal); aunque siempre hay opciones para resolver este inconveniente. El desdén velado de esta persona hacia la bicicleta o más precisamente, hacia viajar al trabajo en ella, era más bien un asunto que tiene que ver con una cuestión económica, pues si bien esta idea no la hizo nunca explícita, uno la podía detectar en su discurso; mismo que, por lo demás, siempre cuidó anteponiendo las formas “políticamente correctas”.

Podrás advertir, lector, que mi postura es contraria a la que recién he descrito. Creo que hoy en día, y más que nunca, se puede defender a la bicicleta como uno de los mejores medios de transporte terrestre en general. Hablando particularmente de la Ciudad de México (para volver a lo caótico que es andar en ella), se estima que 4.7 millones de vehículos automotores están registrados en ella. Esta cifra aterradora (al menos para mí) pueda dar cuenta de la complejidad que implica transportarse, y por ello mismo los problemas ambientales que deviene; porque si bien esta cifra no excluye las motocicletas u otro tipo de vehículos que a diario circulan y que podemos considerar “menos contaminantes” —hasta cierto punto y entrecomillado, porque la contaminación auditiva que provocan algunos con los escapes de sus motocicletas no tiene madre tampoco—, tampoco incluye (me refiero a la cifra) a todos los vehículos que diariamente ingresan a al valle de México. Dado que la zona industrial de la Ciudad de México es pequeña comparada a otras ciudades como Querétaro, la zona metropolitana de Monterrey y el mismo Estado de México, y además, dado que esta se encuentra en lo que antes fueron los suburbios de la ciudad, la nata grisácea que tristemente observamos a diario en el paisaje, como muestra evidente de vivir en una de las urbes más grandes del mundo, podemos atribuírsela principalmente al excesivo uso de vehículos emisores de gases contaminantes. Y es que no basta con que el vehículo por sí mismo emita gases, el exceso de autos y su consecuente obstrucción entre sí provoca todavía mayor contaminación. Hay que tener en cuenta que la cifra anterior pone en evidencia la enorme cantidad de personas que viajan en un vehículo con capacidad para transportar a cuatro o más, lo que reduce los de por sí pequeños espacios en las calles, provocando los famosos embotellamientos que de forma inverosímil consumen un par de horas en tus días (y da lo mismo que vengas en trasporte colectivo o en tu carro particular; lo que cambia es la forma, el resultado es el mismo: el tránsito le restó tiempo a tu ya breve vida). Además de la nocividad referente a la contaminación, al tránsito y a la histeria que esto provoca, podemos poner sobre la mesa el tema del moderno estilo de vida sedentario, en el que hasta para cruzar dos manzanas se utiliza automóvil.

Contra lo anterior, bien podemos decir que la bicicleta ha aventajado, al menos, al automóvil y al insufrible transporte colectivo en horas pico (y cada vez menos tan pico — pues eso ya no existe o existe a todas horas) sobre las calles (y debajo de ellas). Es sensato voltear a ver al uso de la bicicleta como el medio de transporte cada vez más apremiante, mismo que, por cierto, tiene mayor presencia en las calles, afortunadamente. Lejos de ser un medio de transporte vergonzoso como se sugería al inicio de estas líneas, comparativamente, parece que la bicicleta se convierte, de a poco, en el medio más racional (y me atrevo a decir que hasta elegante y civilizado) para transportarnos.


Imagen: https://elcosmonauta.es/mantenimiento-correcto-bicicleta/

Los comentarios están cerrados.

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

Crea tu página web en WordPress.com
Empieza ahora
A %d blogueros les gusta esto: