Sobreviviendo a la Prepa #6: ese punto del semestre

Por Elisa Horta

El semestre se (me) está acabando.  

Así, como única oración de introducción y con ese dramático punto final, me dirijo a mi misma para contarles que, fatídicamente, estoy terminando la primera mitad de mi último año en el bachilleraro con esa indudable sensación de catástrofe y malestar que crece día con día. El punto final, así de cortante, lo he puesto ahí con la intención de demostrar que en mi interior no hay cosa más determinante como el fin de este último semestre. No hay nada más impresionante, ni importante, como ese último día después de los exámenes finales en los que caiga en cuenta de que, efectivamente, el tiempo se ha agotado. 

Estos últimos días me he dado cuenta de muchas cosas, me ha atacado una extraña sensación de desesperación y he terminado por caer en un círculo vicioso en el que cada noche se siente como la última. Creo que me he abrumado por todo lo que significa el fin, por lo que quiere decir ese punto final y las fechas que nos dan por adelantado. Quizás me precipité demasiado, pero estoy en ese punto del semestre que todo se trata sobre el fin. 

El fin del año, el fin de los exámenes, de clases, de las listas, el fin de la adolescencia, el fin de todo lo que conocemos tal y como es. 

Porque tan pronto como entre el 2019 habrán cosas que serán imperativas: el último semestre, el promedio, la graduación, la universidad. Las universidades, en plural, porque el miedo que le tenemos a esta etapa es tan grande que no nos permitimos una sola opción, una sola idea, no nos permitimos creer que todo está dicho ya porque sabemos que nada es definitivo después de estos últimos días en los que la vida parece ganarnos. En los que todo podría vencernos. 

Como estudiantes, estamos acostumbrados a trabajar bajo presión, con el reloj encima y una mano atada a la espalda. Sabemos lidiar con la vida con escasas horas de sueño de nuestro lado, sin comida en el estómago y una dosis ligeramente inapropiada de cafeína en nuestro sistema. Venimos a la escuela con una especie de automatización ficticia que nos empuja a levantarnos de la cama, a caminar hacia la escuela, a entrar al salón y hacer lo que tenemos que hacer porque ya no es sencillamente nuestra obligación si no porque finalmente hemos comprendido lo que la educación realmente significa en nuestras vidas. 

Pero eso no quiere decir que no nos cansemos, que no nos queramos rendir ni que no nos hartemos. No significa que somos tan invencibles como nos creemos, como nos hemos hecho. No significa que en efecto podamos durar más de cuatro meses así, imparables e impasibles, sólo por el temor de quedarnos atrás. No somos así. Y hemos llegado a esa realización en este punto del semestre. Pero a partir de aquí ya no sabemos qué hacer. 

¿Y cómo lo sabríamos si, literalmente, estamos demasiado cansados como para pensar incluso?

Este punto es el más pesado, el peor de todos. Ni siquiera los parciales o la semana de proyectos. No son las presentaciones semanales o las constantes evaluaciones. Este instante casi muerto entre los exámenes finales y el resto del semestre que ya queda detrás de nosotros. Las clases siguen, los maestros no dejan de asistir ni de encargar tareas ni trabajos. Hay cientos de cosas que hacer, pendientes a más no poder y cada día parece más largo que el anterior. Las semanas se extienden, se hacen eternas y el final del mes parece nunca llegar. Mucho menos el de los exámenes. Las vacaciones parecen una fantasía lejana, mucho más imposible de lo que era hace más de diez semanas cuando recién llegábamos del verano con sonrisas enormes y los ánimos sobre la cabeza.

Los que éramos en esos cálidos días de agosto, también, ya parecen increíbles en este punto del semestre. 

Sobrevivir a la prepa es particularmente difícil en este momento, no sabemos cómo, de verdad. A penas y permanecemos de pie y a duras penas sabemos qué hacer con nosotros mismos. Las tareas, por muy pequeñas que sean, nos abruman. Ya no queremos hacer, ni saber, nada. 

Pero claro, todo es temporal, con suerte para la semana de exámenes finales podremos volver a ese desalmado estado de perfección y absoluta disciplina en el que lo que más nos importe sea, de nuevo, la calificación de cada materia. Es muy probable que así sea, que las ojeras vengan acompañadas de sonrisas de satisfacción y suspiros de victoria y no de cansancio. Es obvio que estaremos deshechos para ese entonces, pero la necesidad de acabar con todo será mil veces más grande que la desesperación y la desolación que este semestre tan crítico en la vida académica del bachilleraro podría llegar a ser. 

Todo lo tenemos en las manos, pero estamos demasiado hartos como para darnos cuenta de ello. 

Es cuestión de tiempo, de respirar, y de resistir para poder volver a ser estudiantes ligeramente más vivos. Muy pronto seremos esos que, al inicio del semestre, se reían a carcajadas en los pasillos y corrían hacia las paradas de los camiones porque había un sentido de dirección y un propósito. Había fuerza, había esperanza, había ánimos. Y siguen ahí, todo eso, nada lo hemos perdido. Pero es cuestión de unos pasos más, de días ligeramente más oscuros, un poco más pesados, y podremos volver a levantar vuelo antes de terminar del todo y poder comenzar nuestro proceso de regeneración para lo que será el inicio de nuestra próxima y mucho más grande, e importante, aventura.

Estos días, dentro de unos cuantos meses, no serán nada. Puede que, incluso, deseemos regresar a ellos. Solo nos queda aguantar y esperar, disfrutar en la medida de lo posible, y seguir avanzando. El chiste es nunca, nunca, detenerse. 


Imagen: Nerdastically

Los comentarios están cerrados.

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

Crea tu página web en WordPress.com
Empieza ahora
A %d blogueros les gusta esto: