Intacto: mi abuela

Por Elisa Horta

Desde que he sido pequeña, he tenido una extraña fascinación con la madre de mi papá, mi abuela, por razones que son más que obvias. 

Este 22 de noviembre ha cumplido setenta-y-tantos años. Sé el número exacto pero, como ella, decido ignorarlo porque no tiene sentido contarlos cuando todo lo que ha hecho no puede ser encerrado en un número de dos dígitos. Quién es, lo que cree, lo que hace y lo que dice, cómo ha vivido y cómo se ríe hasta la fecha es demasiado para dos números que no significan nada en comparación. Y vaya que no son ni lo más mínimamente equiparables.

Mi abuela es una mujer pequeña, físicamente, delgada y de aspecto frágil. Del cuello para abajo porque nadie quien le vea los ojos podría decir que esa cara no es el rostro de la misma fuerza y resistencia. Es muy blanca, increíblemente blanca para alguien que se la pasa debajo de los rayos del sol sin quejarse en ningún momento y de ninguna manera. Tiene ojos grandes de un café claro, casi como la miel. Su cabello siempre ha sido corto, y hace ya más de diez años que lo ha dejado entre pálido gris y blanco, blanco. Es de manos grandes que solo saben dar y dar sin esperar nada a cambio, su sonrisa es enorme y puedo asegurar que tiene una arruga por cada historia increíble que ha de contar. 

Y podría ser pequeña, pero juro, y sé, que no hay nadie tan grande en mi vida como ella. Y hay tantísimas personas en ella…

Hija de madre mexicana, padre americano y hermana de once pequeños, puedo asegurar que su vida no fue, ni ha sido, fácil  y de todas maneras se las ha arreglado para sonreír y bailar mientras se enfrenta a pruebas cada vez más grandes y más duras como si nada. Simplemente acepta lo que llega, suelta lo que se tiene que ir, y sigue avanzando sin duda alguna en sus pasos. Mi abuela jamás, jamás, se ha quejado de absolutamente nada y siempre es la primera en poner miradas duras a quienes quieren intentarlo en su presencia, sin ánimo de agraviar, claro. Ella prefiere correr de arriba para abajo y tomarse duchas instantáneas para seguir andando antes de que se le atraviese una desgracia por la cabeza. Muchas veces creo que no hay tal cosa dentro de su corazón o que haya dado vueltas en su cabeza. 

Me ha contado historias de sus días y sus años, de sus hermanos y hermanas, de sus padres y de todas las personas a las que alguna vez cuidó. En México y más allá de la frontera, encargándose de cuantos pudiera cual madre cuando tenía que dejar a sus hijos en el centro de nuestro país porque ella sabía que era lo mejor. Siempre atenta, siempre cariñosa, siempre protectora. La más grande estrella de un cielo enorme y parpadeante de astros que en comparación son débiles y pequeños. 

Cuando era pequeña la veía mucho de lejos, casi como si no me atreviese a acercarme a ella, pero con el tiempo fui creciendo y nos volvimos inseparables. Me he dado cuenta, conforme pasan los años, que a quien más me parezco en este mundo es a ella. 

Las personas tienden a cuestionarme, a preguntarme ¿por qué? Y yo sólo sonrío, quizás sin mucho humor, con esa boca tan pequeña para palabras tan grandes que saqué de ella, y me encojo de hombros repitiendo esas mismas dos palabras que mi abuela, inconscientemente, me enseñó: “pues nomás”. Y quienes no entienden, quienes no me comprenden, solo necesitarían ver a mi abuela un día cualquiera, un día de estos, y sabrían, entenderían. Ella es en quien me he convertido, quien aspiro a ser en tantos niveles y es porque es una mujer de grave elegancia y una gracia particular que no esperarías encontrar en alguien como ella. 

Y es que nunca le pides al sol que brille menos, ni al mar que sea más suave; siempre prefieres sentarte en la sombra o nadar hasta la orilla para llegar a tierra firme porque sabes que hay tanto que no puedes controlar, y nadie puede controlar a mi abuela. No le puedes decir que camine más lento, o que duerma más, no hay manera de que la hagas sentarse si está de pie y jamás podrías llevarla de la mano si ella no te la toma primero. 

Es imparable, intocable también, no sabe decir “no” pero si no quiere no lo hace, no lo dice, porque ella sabe que su silencio y su ausencia son más claros que una palabra monosílaba. Mi abuela es imprescindible, ¿qué harían tantos sin ella? Es vida y fuerza, paciencia y disciplina, dedicación que la ha llevado más lejos que cualquier tren que haya tomado en el pasado, que los camiones y los aviones que siempre ha odiado. Ella es todo eso y más, y muy pocos hemos resultado tan arraigados como ella. 

Nos metemos en problemas de vez en cuando, somos ruidosos e igualmente desastrosos. Sin embargo de nosotros dependen otros y de no estar todo sería diferente, quizás no funcionaría del mismo modo. Mi abuela, como yo y otros tantos dentro de mi familia, somos los que hacen que nuestros mundos giren, que el sol salga, cambiamos las estrellas como focos fundidos para que no falten en las noches oscuras y nos las arreglamos para hacer que nada entorpezca nuestro camino, ni el de los demás, porque sabemos que el mundo no es de una sola persona. Ni nuestro, ni de nadie más.

Mi abuela es la persona más importante del planeta, porque por ella he aprendido a vivir, he logrado conservar mi vida, y he ayudado a otros a vivirla. 


Imagen: Fine art America

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