Medicina para la distancia

Por Elisa Horta

Han pasado más de cien días desde el último día que vi a mi alma gemela. 

Cuando digo “alma gemela” claro que muchos se imaginan que hablaría de una pareja romántica, o algo por el estilo. Y con todo derecho, es decir, hemos normalizado la idea de que este término solo se debe usar para personas que están involucradas amorosamente en un sentido íntimo como el de un noviazgo muy largo, prometidos o incluso un matrimonio bien conocido. Pero no, en mi caso mi alma gemela es un chico de mi misma edad que se ha atrevido a seguir sus sueños en otro continente, dejándolo todo para estudiar lo que más ama. 

Me he atrevido a escribir sobre él, sobre esto que tanto nos cuesta, por el simple hecho de que de no hacerlo temo que no podría aguantar ni un mes más. Y eso que faltan otros diecisiete, más o menos; siendo más que menos. 

Mi alma gemela es mi mejor amigo desde hace ya unos cinco años, nos conocimos en un verano cuando no sabíamos mucho de la vida y no teníamos idea de lo que se nos vendría encima en el momento en el que nos diéramos la confianza del otro. En mi caso, no tengo problema con admitir que me ha salvado la vida, de verdad. Me ha cuidado, me ha amado, me ha tenido la paciencia del mundo y se ha quedado a mi lado, sin rendirse y esforzándose cada vez más y más. Yo, en cambio, sencillamente lo he acompañado y lo he amado, nunca me he ido de su lado e intento hacer todo lo que él hace por mí incluso cuando le es más sencillo a él. La verdad es que somos muy diferentes, enormemente, pero somos muy compatibles porque nos complementamos como nada en el mundo lo hace y los parecidos que hay son inmensos y reconfortantes. 

No hay nadie en el mundo como nosotros. 

Hoy en día hay más de quince mil kilómetros de distancia entre nosotros, océanos enteros que nos separan cuando antes lo más lejos que estábamos era apenas un par de kilómetros o unas paredes y unos cuantos pasillos. Ahora, es el otro lado del mundo el que nos mantiene lejos. 

Ayer, en clase, recibí una foto suya de las tantas que me envía día con día y sin poder contenerme empecé a llorar. Un poco, no mucho, pero las lágrimas estaban ahí y la opresión en mi pecho casi me ahoga. Fue la primera vez en todo este tiempo que me di cuenta que, de verdad, no lo tenía conmigo. Por mucho que dijera que no era así. 

Desde entonces he estado pensando en todo lo que he hecho para mantenerme a flote, no por dependencia si no por el simple dolor de extrañar a quien más quieres y en quien más confías. No tanto por necesidad, que si la hay, si no que por simple amor. Pensé en todo  a lo que recurría, sean canciones, libros, cartas, una foto o incluso prendas que a veces me pregunto cómo es posible que mi madre no las haya tirado cuando ya tienen hoyos por doquier. Pensé en aquella medicina que mitigaba el dolor, prevenía las lágrimas e inhibía el sentimiento de completa enajenación. 

Es fácil para mí olvidar a las personas, dejarlas de lado y seguir con mi vida. Muertes, peleas, cambios de estado o de país nunca han dejado marca tan grande que no pueda tapar de una manera u otra, pensando en cosas mejores o recordándome que era inevitable. Siempre me decía que eran cosas que pasaban, cosas que no había manera de salvar o prevenir, que era lo que estaba escrito en alguna parte del cielo en donde el sol no tocaba nada. Y, sin embargo, en esta ocasión hay algo que no me permite deshacerme del todo de ésta sensación de desesperación en la que me abruma la separación de quien más presente está en mi vida. 

La distancia es una condición extraña, pretende poner fin al amor, la amistad, los sueños, y busca de una manera u otra el matar lentamente la esperanza y la paciencia, cosas que en toda honestidad a mi no me sobran. Es como si su único propósito fuera deshacerse de todo lo que deja detrás. 

Pienso que eso mismo le da respuesta, y explicación, a inventos muy recientes como el internet, los teléfonos, las cámaras y todo lo que le ha seguido en forma de aplicaciones y herramientas más elaboradas y complejas. Incluso desde antes de todo esto. Donde antes habían cartas hoy hay mensajes de texto y correos electrónicos, donde alguna vez se usaron pinturas enormes y enmarcadas hoy quedan miles de las mismas que van con nosotros a todos lados dentro de un dispositivo no mucho más grande que nuestras manos. 

La medicina para la distancia ha  existido durante siglos, porque todos hemos querido, todos hemos amado, todos hemos extrañado. Y nos la hemos arreglado para curarnos con el tiempo del dolor, de la sensación de vacío y de extrañeza que nos invade cuando abrazamos a otra persona y nos damos cuenta de que sencillamente no es lo mismo, cuando nos reímos tan fuerte que el estómago nos duele y suena más suave, más tranquilo, porque falta alguien más. Ese horrible sentimiento de traición cuando haces algo que no hacías con nadie más y te atreves a volver a intentarlo con otra persona porque extrañas la sensación y te das cuenta de que nunca, jamás, podría ser lo mismo. 

El café sabe diferente, los libros no son tan buenos, el sol no es igual de brillante y los besos no se sienten como siempre. Hay un hoyo en el pecho, otro en el estómago y uno aún más grande en la cabeza. Las caminatas son más largas o increíblemente cortas, las manos que sujetas no te toman igual y no hay manera de recrear una sonrisa en ningún rostro que ves.


Imagen: Photolemur

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