Arrendamiento: casos de la vida real

Por Ale Sánchez

Si han sido arrendadores y se han topado con inquilinos de pesadilla, se identificarán con el siguiente caso:

¿Por qué la ley y los que la imparten nos obligan a mí y a mi familia a realizar actos de caridad a costa nuestra cuando ni siquiera podemos cubrir cabalmente nuestros propios gastos? Quizá soy ignorante de muchas cosas. Aunque yo creía que era ilegal tomar y hacer uso de las cosas de otros sin su consentimiento y en su perjuicio. Supongo que la ley no es igual para todos.

La casa donde vivo es la casa que construyó  mi abuelo con mucho esfuerzo y años de trabajo. Ahora la tiene mi madre y sin embargo habitamos también en ella sus hijos, con familia propia. Es cierto que la queremos y nos gusta poder cuidarla de cerca, pero a decir verdad, no tenemos muchas opciones, ya que no podemos pagar una vivienda aparte.

Mi hermano y yo no tenemos empleo (yo lo tuve, pero me terminaron el contrato porque algunos problemas de salud me hicieron faltar, aunque de todos modos el sueldo no alcanzaba). Necesito una operación que los servicios públicos no me han concedido y que yo no he podido solventar. Nos ayudamos vendiendo manualidades y cosas por el estilo. Mi madre no goza de pensión y es diabética. Como tantas familias mexicanas, hemos pasado dificultades y carencias.

Mi mamá quiso mejorar su economía dando a rentar un espacio dentro de la propiedad que le dejó mi abuelo. Sin embargo, un día estas personas que lo ocuparon, decidieron dejar de pagar. Se supone que es por necesidad, pero lo cierto es que ellos están recibiendo un beneficio de nuestra parte y no están dando absolutamente nada a cambio. Eso para nosotros constituye una pérdida. También tenemos necesidades.

El agua, el predial y la luz son cuentas que nuestra familia paga, aunque dichos servicios también los disfrutan estas personas y ni siquiera se ocupan de racionar. No cooperan para saldarlos, pero nunca se restringen. Lejos de darnos algo, están generando más gastos. La casa ya es antigua y necesita reparaciones aquí y allá, pero estos sujetos ni siquiera levantan la envoltura de sus chicles. 

Lo que es peor: nos piden dinero a cambio de irse (y tampoco así se van). Se los dimos una vez, porque no quisimos que sacaran la pistola que presuntamente poseen, como casualmente mencionaron. Mi madre no los denunció por miedo, por ignorancia y porque creyó que eso atrasaría el juicio de desalojo –valga decir que sólo les han dado citatorios y que han faltado sin represalias-.

Aun así,  la ley, los abogados a los que con mucho esfuerzo hemos podido acudir, y los juzgados, fallan a favor de permitir que estas personas sigan habitando en nuestra casa sin pagar. No quieren dejarlas en la calle. Prefieren en cambio que nosotros les regalemos la estancia y los servicios, como si pudiéramos darnos ese lujo. 

¿Qué derecho tienen ellos que pareciera ser superior a los nuestros? ¿Por qué la ley está amparando el uso indefinido de propiedades ajenas? ¿Existe algo como el derecho a colgarse de la gente decente para vivir de los servicios e instalaciones que otros pagan? ¿Contempla la ley que mi madre se quede sin comer con tal de darles asilo y comodidades a estas personas en nuestra casa? 

¿Saben nuestros verdugos que estos habitantes indeseados nos han amenazado y extorsionado? ¿Saben que mientras nosotros NUNCA los hemos incomodado siquiera, ellos nos han intimidado, insultado y hasta han maltratado nuestras pertenencias? ¿Querrían darle caridad a alguien que se pone a patear su lavadora y se aposta en el pasillo a vigilarlos día y noche?

Quienes se compadezcan tanto de estas personas, por favor, llévenselas a su casa. Es sumamente fácil jugar a ser caritativos cuando es otro quien se sacrifica. Es muy cómodo preocuparse por “darle un hogar” a estos gorrones cuando el “samaritano” no es quien sufre semejante imposición. Nadie se está preocupando por nuestras carencias, tampoco por nuestros derechos. Sólo se preocupan por los derechos de los antes llamados inquilinos (ya no lo son pues su contrato venció hace tiempo y sus pagos fueron suspendidos mucho antes de eso).

Pues ¿saben qué? Ya ha sido demasiado. Llevan un año viviendo en nuestra casa sin pagar, lavando, cocinando, oyendo música… Han recibido eso de nosotros sin dar absolutamente nada. ¿No es más que suficiente un año entero de absorber la mayor parte de sus gastos de manutención familiar? Un año de vivir con miedo mientras ellos están seguros. Quien quiera abogar por ellos, hágannos el relevo. Si NO – autoridades, jueces, abogados, simpatizantes-, no se atrevan a imponernos la continuación de semejante circunstancia. 

Basta de las caravanas con sombrero ajeno.

EMITAN YA la ORDEN de DESALOJO en contra de estos invasores. Ayúdennos a ejercer nuestros derechos sobre el patrimonio que con tanto trabajo forjó mi abuelo.

Esta carta fue puesta en redes sociales para el Tribunal superior de la CDMX, sin respuesta de ningún tipo. Los sujetos fraudulentos han intentado nuevas extorsiones. Las apelaciones interpuestas por ellos les han otorgado ya cuatro prórrogas.


Imagen: http://elmen.pe

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