Detrás de nuestras madres

Por Elisa Horta

¿Qué tanto depende el hijo de la madre cuando ya ha logrado dar los primeros pasos hacia su independencia? ¿En qué momento se vuelve dispensable una madre y el hijo es quien deja de ser una obligación y se vuelve un lujo? ¿Cuándo se forja la verdadera libertad, el auténtico ser individual que busca, ante todo, desprenderse de sus orígenes? ¿Es cierto que ‘dejar el nido’ es para siempre?

Son muchas las preguntas que se pueden hacer a cerca de la paternidad, o de la maternidad, en concreto. En México este fenómeno es mucho más grande que el anterior y se le da un lugar esencial, enorme y muy importante,  las madres en el lugar de cada persona. Y con toda razón, madre solo hay una. Pero muchas veces ese es el problema. 

Es fácil decir ‘mi mamá es mi mejor amiga’, o, ‘mi mamá es la mejor del mundo’, cuando de verdad hay una relación de entendimiento y de amor, de paciencia y completa sororidad en la que genuinamente hay un interés, hay preocupación, hay cariño. Pero no todas las madres son así, no siempre se puede hablar con rosas de las mamás y llevarle un ramo con facilidad en su cumpleaños o en el día asignado para celebrarlas. Muchas veces las mamás son aquellas en nuestro camino, que con su intención de protegernos y cuidarnos nos encierran y nos silencian, nos ahogan, nos retraen de el mundo que debemos conocer por nosotros mismos y no a través de sus ojos que ya lo han visto todo. 

¿Qué es suficiente para la mujer que te da la vida? ¿Qué la satisface? ¿Qué le hace decir que todo el dolor, sufrimiento y preocupación del mundo valieron la pena al ver a su hijo o hija crecer y ser quien quiere ser, quien de verdad es? Porque muchas veces estas preguntas quedan sin respuesta, muchas veces no encontramos la manera de hacerles felices porque parece ser que con nuestro propio ser las lastimamos, como si el buscar y encontrar nuestra identidad auténtica les doliese más que vernos quedarnos estancados, varados y perdidos para siempre. 

‘Mi mamá preferiría verme muerta a verme feliz como soy’, he escuchado decir a amigos con los que rara vez compartimos experiencias y dolencias familiares personales, en todo el sentido de la palabra. Y no hay pena más grande que ver hijos separándose de quienes más deberían amarlos en el mundo. 

Pero el amor no son obstáculos, no son insultos y regaños constantes e insensibles o insistentes, el amor de una madre no debería estar basado en obstrucciones, objeciones ni agresiones físicas en las que el golpe no es lo que más duele. El amor de una madre no podría encontrarse en ninguna palabra obscurecida por los reclamos, por los ataques, por la imparable lluvia de espinas en cada una de sus oraciones, en su ausencia, en su falta de paciencia y de comprensión. El amor de una madre no está sujeto a cada “me duele más a mí que a ti”, o cualquier otra excusa que puedan crear para justificar sus abusos. 

Madre solo hay una, ¿pero eso significa que debemos atenernos a sobrevivir a su lado en lugar de vivir de verdad? ¿A caso no hay otra salida? Todos nos hemos preguntado esto, con los ojos llorosos y el corazón rompiéndose más fuerte de lo que nunca se romperá mientras escuchamos los mismos gritos, los mismos nombres, y nos aferramos a nuestras palmas hasta que se sienten como si fueran a sangrar. Hasta que no sentimos nada de nada. 

Como hijos no podemos hablar de la maternidad, no hasta que la experimentemos, no hasta que tengamos nuestra propia familia, pero sí podemos decir con facilidad y amplitud lo que se vive del otro lado de la moneda. Lo que cada uno de nosotros ya vivió en carne propia que nuestras mamás, quizás, no tuvieron que atravesar en ningún punto de sus propias vidas. Claro, hemos visto a nuestras abuelas y nos hemos dicho a nosotros mismos, fuerte y claro, ‘¿cómo?’. 

Por eso podemos hablar del dolor, de la desesperación, de la tristeza y de la envidia con la que se vive diariamente al no sentir lo que todos, lo que los demás, sienten al ver a sus madres a sus ojos y decir ‘ella es la mejor persona de mi vida’. Porque nosotros mismos nos terminamos educando, nos terminamos cuidando y empujándonos a hacer lo que no queremos hacer, a vencer nuestros propios miedos y a curar las cortadas de papel y los corazones rotos con nuestras propias manos porque no hay quien más lo haga. Ya no nos da esa abrumadora sensación de dolor, de incomodidad, y preferimos seguir adelante que voltear hacia atrás y ver lo que dejamos, lo que fue, lo que ya no pudimos corregir ni salvar. 

Como hijos, tenemos derecho a expresarnos sobre aquello que nos hiere y nos ha lastimado durante años hasta este punto, donde ya no podemos con más y pedimos ayuda. En donde nos hemos dado cuenta que, lo mejor, es caminar fuera y lejos de un hogar tan frío como una calle desconocida, inseguro y poco familiar. Lo mejor es ser uno mismo, no ‘el hijo de…”, y perseguir esa libertad que nos hemos prometido desde hace tanto tiempo. 

Este texto ha sido planeado, redactado e ideado en colaboración anónima con Akauali (Elisa) para la generación de éste artículo. 


Imagen: Pink Floyd – Mother (YouTube)

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