Facebook y Twitter: ¿Nueva arena política o simulación democrática?

Por Uriel Carrillo Altamirano

¿Cuántas veces no hemos discutido a morir con alguien en las redes sociodigitales? Hoy en día parece lo más común. Incluso podríamos pensar que es una tarea de todos los días, así como revisar el correo, contestar los whatssap o subir nuestra selfie mañanera para todos nuestros seguidores.

Ya no nos queda duda de que las sociedades han empezado una migración hacia lo digital, dejando un poco atrás lo análogo, por decirle de algún modo. Estas nuevas maneras de hacer nuestra vida diaria han cambiado ciertas dinámicas de relación e interacción entre las personas. Por un lado, hemos cambiado el medio, el soporte y la velocidad por los cuales nos comunicamos. Por el otro, quienes nacimos antes del siglo XXI aún nos rehusamos a dejar nuestra parte manual. No es terquedad, algunos simplemente seguimos en un proceso adaptativo a ciertas formas de hacer las cosas, nuestras cosas.

Sin embargo, los lugares y las maneras (con ciertas precisiones) en que las discusiones sobre política y temas de la sociedad son llevadas sí han cambiado. Han transitado del ágora, a las plazas públicas; de las charlas en bibliotecas a las de café; de los recintos exclusivos para la política al espacio público social; de lo físico-presencial a lo virtual.

Es justo esa transición de lo presencial, cara a cara, a lo virtual lo que acontece en nuestro entorno de hoy. Cabe señalar que con esto no me refiero a que las interacciones físicas estén desapareciendo, me inclino más por la idea de que estamos explorando nuevas formas de hacernos presentes en otros lugares y momentos sin tener que hacerlo físicamente.

De esta manera, hemos construido nuevas arenas en las que convergemos casi a diario, donde podemos opinar, debatir, pelearnos, y por qué no, hasta deshacernos de aquellos quienes nos parecen lo peor de la vida. Las redes sociales, así como el internet en general, tienen reglas legales y ético-normativas (estas últimas un poco menos claras) que regulan el comportamiento de los usuarios. Y sin embargo, parece que no las tienen.

Ante ciertas restricciones, que varían en cada país, los usuarios también tenemos ventajas: contamos con la posibilidad de crear un perfil totalmente distinto a la realidad, o bien lo más fiel a nosotros. Las posibilidades son tantas que podemos ser tan “libres” como queramos, es decir, podemos ver, escuchar, opinar y criticar lo que se pueda o no. Parece no haber límites.

Estas nuevas arenas, cada red social en particular, nos permiten reunirnos en un ágora virtual, sin tiempo y espacio definido, para fijar nuestra postura sobre algún tema de la res pública (incluso aunque no lo sea). Bajo este marco, las discusiones sobre política y temas de la sociedad se desarrollan con una dinámica particular: Que gane el que tenga más likes y que pierda el que tiene más me diviertes.

Esta nueva ágora, plaza pública, o mesa de cafetería burguesa nos da la oportunidad de ejercer nuestro derecho a la libertad de expresión y de información (por mencionar algunos), y de esta manera lograr la tan anhelada participación política de la democracia liberal. ¿Si?

¿Enserio podríamos considerar que las discusiones en arenas digitales son la utopía realizada de la participación política? Las discusiones teóricas apuntan al no. Si bien es cierto que son un avance en cuanto a debate público, no son el punto de llegada. Es más, deberían considerarse como la herramienta que permita promover una participación política integral: una que permita transitar de la acción colectiva virtual a lo físico. Considerando, además, que esta nueva ágora también es excluyente para ciertos sectores poblacionales.

Las redes sociales son armas de doble filo para quien quiera que las use. Por un lado construimos, por el otro destruimos. Nos permiten compartir y conocer realidades diversas a las nuestras, pero también ficticias. Nos dan la facilidad de acceder de manera más fácil a un sin fin de contenido sobre cualquier tema, al mismo tiempo que nos dan la posibilidad de caer en un bucle de contenido poco confiable, serio y real.

¿Qué clase de ágora digital construimos como ciudadanos? ¿Acaso deberíamos ser, metafóricamente, los mejores capitanes con el mejor barco para navegar en la red, o deberíamos conformarnos con ser los marineros que se mueven hacia donde el capitán apunta y, si así fuera el caso, estar predispuestos a hundirnos en el océano de la información?

Bien se ha apuntado por ahí, hace falta un proyecto de formación política crítica. De qué sirve un carro sin gasolina, o un teléfono sin saldo y sin internet: de qué sirve una democracia sin ciudadanos inmersos en la participación política del país. Bastaría con incentivar talleres semanales para ir creando ciudadanía crítica y responsable con su nación y su comunidad.


Imagen: https://www.laprensa.hn/mundo/1048898-410/corte-suprema-de-eua-debate-prohibir-uso-de-redes-sociales

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